Yo tuve una tarde la oportunidad infinita de desnudarte sin quitarte la ropa. Hice un tour por tu cuerpo sólo de mirarte con ojos casi bizcos de emoción. Silbé contento, como recién salido de un coma profundo, al adivinarte deseosa como yo, pero también silenciosa, en aquella esquina de la calle sin nombre.
Yo te vi la nuca, la más dulce de todas, sembrada de flores olorosas y coloridas, y aspiré el olor sin que a penas te percataras. Luego miré hacia atrás y me hice el longui, orgulloso de mi hazaña, a escondidas como los niños chicos, poco o nada me costó desearte entera, para mí, en mi egoísmo, sólo para mí.
Me recreo en aquella tarde, de posibilidades infinitas, en que llevabas blusa blanca y falda de ocasión. Y tú también disimulabas, como yo, y parecíamos dos niños pícaros y cobardes que aprenden frases dictadas que jamás nos servirán, que al dedillo toman nota del dictado, con granos y normas que debemos cumplir.
Y yo, con la cara pintada del blanco del enamoramiento, con el sonrojo interno y el temblor en las manos ávidas de tocarte, con las uñas comidas del espanto y el nerviosismo, la inseguridad dulce de la edad, los zapatos desgastados de seguirte…así me contentaba, contigo niña, afanada en esconderte tras tu pelo de sortijas. Llegaba a casa a gozar de los tebeos del Capitán Trueno, para hallarte en las princesas que luego yo salvaba, los gatos que bajaba del árbol sin despeinarme, las muecas de amor que te hacía en clase cuando no me mirabas. Deambulaba por el parque, rodeado de arena para hacer pastelitos dulces, con mariposas que aleteaban presumidas, con las rodillas desgastadas de rezar por las noches y manos sucias de tocar lo inmundo y maravilloso de las salamandras. La maldad de diseccionar a las moscas y la fe de hallarte despierta al pasar por tu portal en la madrugada, cuando tu madre apagaba las luces y bajaba la persiana del dormitorio.
Aquellas tardes benditas, de imaginarte a mi antojo, idealizar tus contornos desconocidos y sempiternos, aquellas curvas de niña que no llega a mujer y de ahí su delicia, de ilusa que sueña con príncipes azulados antes de ir a dormir. La niña de la ropa de colores y las uñas largas, que se hizo mayor con carpetas de cantantes guapos.
Yo tuve una tarde, de rojo sol, la oportunidad de abrazarte, mientras te tapabas los ojos por no aceptar que lo querías tanto como yo. Los pulsos de ambos disparados, la voz ya cambiada de adolescente y la impotencia de las hormonas deliciosamente incontrolables. La banda sonora que sale de un bar, el olor a refrito cercano. Y tú allí tan muda, la dueña del silencio bello, que callando otorga pero que tiene en el estómago un fuego como el mío.
Yo debía quererte y así lo hice. De sobra lo sabes. Ya cuando seguía en los avatares de mi vida, como una sombra, de mochila eterna, te llevaba, pero no pesabas. Eras liviana y azarosa, soñando los besos que no me habías dado. Un pasillo de metro solitario, donde nadie te hubiera visto enamorarme más. Al dormir siempre dando vueltas por la cama, imaginando historias sobre mí.
Cenando con estudiantes en el bar, mirando hacia la puerta por imaginarte entrando, diana de mis miradas ardientes, siempre oteando los alrededores en los que no estabas. Bebiendo cerveza y riendo las aventuras sexuales de los amigos. Cerrados los puños de pensarte. Y entrabas a las tantas, rodeada de un fulgor que odiaba, la protagonista con su hermosura, de mis primeras fantasías sexuales.
El mismo camino y tan separado, que atravesaba las barricadas para comprobarte con la cola de caballo. Que me enseñaras a besar en serio. Que me dieras media hora para trepar ágil por tus paredes y que pronunciar tu nombre fuera un rito. Que me dijeras una cosa bonita, una vez al mes y nada más. Que me cantaras desafinando la canción de moda. Que desafiaras lo que dicen y dirán, llevándome de la mano por la plaza. Que me desnudaras tú también sin tocarme a penas, y me trajeras a casa una flor o un pañuelo y la promesa de un domingo cualquiera a tu vera.
Mi sueño era una silueta desdibujada a la que quería poner nombre. Una sonrisa que me sonriera a mí, en exclusiva. Una sarta de palabras dulzonas que me aletearan en los oídos, una noche de sábado frente a un escaparate apagado.
Una isla en la que naufragar con tu foto o una postal de tu casa. Un acuario vacío de peces, una jaula sin león. Una perrera sin perros. Tus ojos en vilo por descubrir el contenido de los míos.
Yo tuve una tarde una oportunidad…
PAM // 12 de septiembre de 2005