26 marzo 2007
19 marzo 2007
El camino
Por la mañana ya ha salido el sol bien temprano. Un sol brillante que ayuda en el ejercicio monótono del desperece.
La calle está viva. A veces hace frío en la moto, en ese trayecto corto hasta la estación, serpenteando entre coches para robarle instantes al tiempo y conseguir llegar unos minutos antes de las nueve. Mi compañera me pregunta qué hacía en el despacho tan pronto. Cómo explicarle que tengo tanto trabajo que a veces no sé ni por donde empezar…
Odio el transporte público. Llevo muy mal eso de aguantar olores corporales ajenos. Me indigna aguantar las pestes de los demás, el que viene sudado, el que no se ducha o la incontinencia gaseosa de algunos son cosas por las que sería capaz de matar. No soporto agarrarme a los postes y tengo que hacer auténticas virguerías para mantener el equilibrio. Apoyar mi mano limpia en un lugar donde la apoya alguien (quién sabe dónde se la ha metido antes) me traumatiza.
Encontrar un asiento vacío es una quimera. Y soportar pisotones y malas caras, el pan de cada día.
En la parada de Sarriá se bajan muchos estudiantes con traje y corbata. Es curioso cómo por su parada de tren puedes hacerte a la idea de la clase social de la zona.
Al pasar por Valldoreix y la Floresta desfilan ante mí torres con piscina, grandes casas, chalets modernos.
Al pisa el suelo de Sant Cugat, la temperatura ha bajado tres grados. Y el paseo hasta el despacho me lleva quince minutos de frío por el centro. Callejuelas pequeñas, con abundancia de bares y comercios de todo tipo. Para los que estamos acostumbrados a la moto, aguantar media hora de pie en el vagón de un tren es una auténtica tortura.
Volviendo al principio, durante el camino se aprenden cosas. Y yo, que la mayoría de mañanas soy incapaz de leer en el vagón, de pie, me dedico a observar y a pensar en el trabajo que tengo que hacer cuando llegue al despacho. Mirar a la gente. Observar a las niñas cotorrear, a muchos leyendo la prensa gratuita, otros adormilados apoyados en el brazo.
El camino de vuelta es mucho más pesado. A las ganas de llegar a casa se le juntan el cansancio y la cabeza como un bombo de datos y cosas pendientes. Es tarde y quiero quitarme los zapatos, darme una buena ducha y comer algo decente.
Las horas pasan. Lo importante es que en el transcurso del camino, acaben por no ser en vano.
Intentando levantar el espíritu en mitad de la lucha que es vivir. Batalla a batalla. Día a día.
21 febrero 2007
Yo, me mí, conmigo
Todo un mundo de piezas inconclusas. Muchas volverán, otras parece que no pasaron por aquí.
De cada una un recuerdo, aquella situación irrepetible, la melancolía de las que significaron algo, pero no por pasadas fueron mejores.
Un puzzle inacabado de instantes. Un retrato a través de las cosas, de aquello fue y no será, de aquello que sigue siendo y a lo que me aferro en el día gris.
Todas aquellas pequeñas cosas que no me dejé olvidadas, en una especie de cajón de vivencias. Las cosas importantes y las superfluas. Sin todos que las protagonizaron. Sin deslices, la espontaneidad sutil que llega como la tentación. Y llenan de ansiedad los instantes presentes sin tanta calma.
No conseguí ser como quise. Pero fui aprendiendo y ahora me pregunto al ver los trozos de lo pasado, por qué entonces nadie me hubo enseñado a vivir la vida con más fuerza y sin temor. El miedo me hizo esclava.